A lo largo de la historia todas las sociedades han creído, de una manera u otra, en el derecho a la propiedad. En la cultura cristiana este derecho, aunque abusado de muchas maneras, nunca ha sido cuestionado. No obstante, fue precisamente en Europa dónde este mismo derecho empezó, no solo a ponerse en duda, sino a abolirse. Uno de los principales instigadores fue Karl Marx, un judío ateo cuya familia se había convertido al protestantismo luterano.
Para Marx el problema de todos los males era la separación de clases y la imposición de una clase sobre la otra. Según este joven alemán, el proletariado, la clase trabajadora explotada por los burgueses, pronto se sublevaría y crearía un estado utópico sin clases, sin prejuicios, sin privilegios… ah, sí, y sin propiedad. Todo, absolutamente todo, pasaría a manos del estado. De hecho, la supresión de la propiedad privada fue (y es) uno de los elementos clave del comunismo, tal como atestigua el primer esbozo del Manifiesto Comunista, bautizado como Confesión de fe de los comunistas:
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