Devocionales



Los que habían creído eran de un corazón y un alma

 

Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma.

 (Hechos 4:32)

 

A las personas que tienen una relación muy estrecha entre sí, se aman y se entienden muy bien se les suele describir como personas que tienen “un solo corazón y una sola alma”. Estas conexiones son inseparables: uno defiende al otro y ambos buscan un equilibrio armonioso para evitar conflictos. Este modismo de origen bíblico describe una imagen ideal en nuestras relaciones interpersonales.

 

Sin embargo, en los inicios del cristianismo, este dicho era más que un ideal: era una realidad: los primeros cristianos formaban una comunidad de personas de diferentes orígenes, posiciones y caracteres. Pero gracias a su fe común en el Señor Jesucristo, pudieron superar estas diferencias. Se aseguraron de que nada perturbara la paz de esta comunidad. Quienes los rodeaban podían ver que estaban obedeciendo al mandamiento de Jesús que había proclamado poco antes de su muerte: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros (Juan 13:35).

El Perdón

 

Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros.
 Si alguno tuviere queja contra otro, de la manera que Cristo os perdonó,
así también hacedlo vosotros
(Colosenses 3:13).

 

Y sed benignos unos con otros, misericordiosos,
perdonándoos unos a otros,
como también Dios en Cristo os perdonó
(Efesios 4:32).

 

Es fácil decir que debemos perdonar, pero más difícil es decirle a alguien: "Te perdono".

 

Perdonar es reaccionar ante una mala acción. No es negarse a ver el mal ni ocultarlo. Tal actitud sería peligrosa porque dejaría de lado nuestra aspiración a la bondad, la justicia y el amor. Para perdonar, debemos reconocer el mal que hemos sufrido.

 

Perdonar es renunciar a tomar la justicia por nuestra propia mano. Cada acto de perdón implica un proceso de duelo: el duelo por la pérdida de autoestima* o reputación*, a veces incluso por una pérdida material. Perdonar también es renunciar voluntariamente a los juicios negativos.



Consagración

 

¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? 

Porque comprados sois por precio: ¡glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios! (1 Corintios 6:19-20).

 

En tiempos del apóstol Pablo, los amos tenían poder de vida o muerte sobre sus esclavos, a quienes habían comprado por cierta suma de dinero, y por lo tanto eran propiedad suya. Hoy ocurre lo mismo con los cristianos: para redimirlos de su primer amo cruel y severo (Satanás), Dios pagó un precio muy alto: ¡entregó a su Hijo, Jesucristo!

 

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 Cuando te corrigen… ¿cómo respondes?

 

El que tiene en poco la disciplina, menosprecia su alma; mas el que escucha la corrección, tiene entendimiento (Proverbios 15:32).

 

Porque para esto fuisteis llamados; pues que también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que vosotros sigáis sus pisadas: El cual no hizo pecado; ni fue hallado engaño en su boca: Quien cuando le maldecían no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquél que juzga justamente (1 Pedro 2:21-23).

¡Hoy me quiero desahogar!

 

Dios los bendiga, hermanos y amigos.

Estas próximas palabras son, quizás, un desahogo necesario... o tal vez algo ingenuo, no lo sé. Pero estoy seguro de que muchos de ustedes se sentirán identificados.

Comencé mi caminar con el Señor hace ya varios años. Al inicio, estaba totalmente enamorado; tenía eso que conocemos como “el primer amor”.

Deseaba conocer cada vez más del Señor, pero no sabía por dónde empezar. Había muchas cosas en la Biblia que no entendía, pero tenía la certeza absoluta de que aceptar a Jesús como mi Señor y Salvador era lo correcto.

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