Devocionales

 

¿Dónde estás?

 

El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? (Génesis 3:9). 

¿Dónde estás? es la primera pregunta de la Biblia. Dios se dirige al culpable Adán, que acaba de desobedecerle. La mala conciencia de nuestros primeros padres los llevó a esconderse. ¡Este antiguo comportamiento es tan común hoy en día! ¡Cuántas personas no se sienten a gusto ante Dios! A causa de sus faltas, huyen de Su presencia, evitando hablar acerca de Él o incluso de pensar en Él.

¿Dónde estás? Dios no hace esta pregunta porque no sepa dónde se esconden Adán y su mujer, sino para hacerles conscientes de su trágica distancia. Hoy Dios también conoce perfectamente la posición de cada uno en relación con Él.

¿Dónde estás? sigue siendo la pregunta más importante. Tu posición en relación con Dios es más importante que tu vida social, profesional o familiar.

¿Dónde estás? es también un reflejo de la preocupación de Dios por cada ser humano. A Dios no le agrada cuando sus criaturas se alejan de Él.

¿Cómo podemos recuperar esta relación perdida? ¿Por un esfuerzo humano, o por medio de una religión que nos llevara a realizar obras meritorias? No, nada que provenga del hombre pecador puede agradar a Dios. Pero dado que el hombre no puede acercarse a Dios, Él se acercó a nosotros; de tal manera que asumió nuestra condición humana. En Jesucristo, el Hijo de Dios, asumió nuestra humanidad. Al morir en la cruz, canceló la culpa de todos los que creen en Él, y les da la vida eterna.

Tú que has leído este devocional ¿Dónde estás ahora?

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16). 

Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado (Mateo 3:2).

Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas (Mato 6:33).

Fuente: La Buena Semilla, lunes 16 de enero de 2023; Editado por VM-Ar

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Levantado del polvo

 

Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás (Génesis 3:19).

El levanta del polvo al pobre, Y del muladar exalta al menesteroso, Para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor. Porque de Jehová son las columnas de la tierra, Y él afirmó sobre ellas el mundo (1 Samuel 2:8).

Como el padre se compadece de los hijos, Se compadece Jehová de los que le temen. 
Porque él conoce nuestra condición; Se acuerda de que somos polvo (Salmos 103:13, 14).

Esta mañana, un rayo de sol entró en mi habitación por una rendija de la persiana. En esta porción de luz flota una multitud de finas partículas de polvo. Mis pensamientos se dirigen a los versos de arriba. ¿No soy yo como una de estas partículas de polvo ante mi Creador?

 

Jesús supera todas mis expectativas 

Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él (1 Juan 4:16). 

Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Juan 6:68).

El Evangelio anuncia buenas noticias. He aquí algunas de ellas: 

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí (Juan 14:6).

De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna (Juan 6:47). 

Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna (Juan 4:14) y de nuevo, Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás (Juan 6:35).      

 

Imagen de Coalición

Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, para que no seamos esparcidos sobre la faz de toda la tierra (Génesis 11:4).

Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad (Génesis 11:8).

La historia de la Torre de Babel* ilustra el orgullo de los hombres y su deseo de manejarse sin Dios. Siempre los humanos han querido elevarse y ser como Dios. Así fue como Satanás engañó a Adán y Eva: "Seréis como Dios (o como dioses)", les dijo (Génesis 3:5).

Y si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él; o si un miembro es honrado, todos los miembros con él se regocijan. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros en particular  (1 Corintios 12:26-27).

 

Cierto escritor dijo: "Me duele mi país". Expresaba el dolor y la vergüenza que sentía por las orientaciones incorporadas por los dirigentes de su país. Se identificó con su nación, se hizo uno con ella. De igual modo, por ejemplo, si tengo un esguince de rodilla, diré: "Me duele mi rodilla" y no: "La rodilla mía duele”. Simplemente porque mi rodilla y yo somos un mismo cuerpo. Es inimaginable que una parte de mi cuerpo sufra sin que yo sienta el dolor.

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