¿Desconectado o hiperconectado?

Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias (Colosenses 4:2).

Orad sin cesar (1 Tesalonicenses 5:16).

"Desde que mi hija tiene su teléfono inteligente, no hace nada más en la casa". En los foros los padres expresan su malestar mientras que sus hijos disfruten de la revolución digital. En los últimos años, las pantallas y dispositivos conectados han invadido nuestra vida cotidiana: teléfonos inteligentes, tabletas, ordenadores portátiles; todo esto sin ningún cable que dificulte nuestra movilidad.

Con estas poderosas herramientas, la información fluye con una rapidez extraordinaria. La tentación es muy grande para estar "conectado" durante todo el día por medio de la pantalla, pues uno quiere conocer siempre las últimas noticias. Estar "hiperconectado" con el teléfono móvil, significa a la vez encontrarse desconectado de su entorno; uno se aísla en un mundo paralelo que uno mismo se está creando. Nos aislamos en un ambiente que hace olvidar la realidad inmediata.

Dios invita a todos a responder a Su llamado para recibir y creer el mensaje del evangelio. Se trata de una conexión que no es natural, sino que es un don de Dios y que es indispensable. Tener una comunicación continua con Dios es una garantía de la seguridad y la paz para nuestra vida en la tierra. Tenemos que mantener esta "conexión" para poder orientarnos entre tantas direcciones posibles. A veces nos olvidamos que una relación permanente y segura con nuestro Dios, a través de la oración, nos protege de las influencias nocivas a las que estamos expuestos, a su vez que nos ayuda en los problemas. Nunca estoy en riesgo de estar demasiado "conectado" a Dios. A Dios le gusta ver a su criatura mantener una relación duradera con Él. Sabed, pues, que Jehová ha escogido al piadoso para sí; Jehová oirá cuando yo a él clamare (Salmo 4:3).

Fuente: La Buena Semilla; Redacción: VM-Ar

 

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La Voz de los Mártires” es un ministerio internacional dedicado a servir a la iglesia perseguida. Fue fundado por Richard Wurmbrand a finales de 1960 como “Misiones cristianas para el mundo comunista”. Wurmbrand sufrió en su país natal catorce años de tortura y encarcelamientos por su fe por parte de los comunistas.

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